COMUNIDADES ECLESIALES MISIONERAS: CEM

Queridos hermanos y hermanas: durante el bimestre abril-mayo, reflexionamos sobre las Comunidades Eclesiales Misioneras (CEM). La insistencia en el tema, no obedece al desconocimiento de qué se trata, sino por la importancia enorme que tienen en el desarrollo gradual de nuestro plan de pastoral, como lo es también para tantos otros planes pastorales de diversas diócesis del país y del mundo. Y lo es porque aparecen de una manera tan clara y tan necesaria en los Hechos de los Apóstoles” (2,42; 4,32, entre otros), donde se describen los elementos comunes y cómo animaban la Iglesia naciente.

En efecto, la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la catequesis, la Eucaristía en la “fracción del pan”, el compartir los detalles ordinarios de la vida (convivencia), disponer de los bienes materiales para ayudarse mutuamente y la “salida” misionera, son las notas características de esta vital experiencia de Iglesia, que como pequeñas células vivientes y unidas con otras, van configurando comunidades mayores hasta formar la “comunidad de comunidades” que le da estructura y ambiente de unidad y comunión a todos los creyentes que a ellas pertenecen.

Unidad y comunión son indudablemente, en las Comunidades Eclesiales Misioneras, no sólo resultado de este camino evangelizador y santificador, sino condición permanente de su existencia cotidiana, pues su conciencia de pertenencia y organización en la misión común, con la parroquia y con la diócesis, evita el fraccionamiento, o que funcionen como “sectas”, que ya no sería la Iglesia querida por el Señor. Esto no quita de ninguna manera, conservando sus elementos esenciales, la diversidad de expresiones en las que ellas se manifiestan. Por el contrario, esta variedad son riqueza y señal de la múltiple manifestación del Espíritu en las personas y en los grupos.

Lo que ocurre es que, cada Iglesia particular o diócesis, al fijar sus planes y metodologías de acción, proponen una forma específica de trabajar que ayuda a que todos apunten hacia la misma dirección y que vayan adquiriendo una identidad propia tanto la diócesis y las parroquias como en ellas, las mismas pequeñas comunidades. Esto exige profunda convicción, voluntad apostólica y misionera, trabajo en equipo, motivación permanente a la participación y a la comunión, vencer los apegos personales que no dejan avanzar y sobre todo mucha fe, pues se trata de dejar que Dios actúe sus planes en nosotros.

El documento de Aparecida (Brasil, 2007), en su espíritu y en la letra, apunta mucho a esta experiencia de Iglesia, pensando en el desafío de la Nueva Evangelización y la promoción humana. Para citar sólo un texto, dice entre otras cosas: “Para la Nueva Evangelización y para llegar a que los bautizados vivan como auténticos discípulos y misioneros de Cristo, tenemos un medio privilegiado en las pequeñas comunidades eclesiales” (DA, 307). Que el Señor Resucitado, a todos nos ayude a trabajar en esta dirección. Fraternalmente.

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

 

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