COMUNIDADES Y MOVIMIENTOS

Queridos hermanos y hermanas: en la anterior entrega de “la Voz del Pastor”, reflexionamos sobre las características básicas de las Comunidades Eclesiales Misioneras (CEM) que nos ocupan en el presente bimestre. Al final, hacía la mención del documento de Aparecida que se refiere muy positivamente a estas pequeñas comunidades, como una necesidad y un camino para la nueva evangelización y renovación de la Iglesia. Avanzando en este pensamiento, se puede constatar que, en estas comunidades, se configura un ambiente más propicio para la escucha orante y meditada de la Palabra de Dios (Lectio Divina) que tanto bien está haciendo, especialmente en los ambientes de “pequeño encuentro” familiar. Ella convoca a las personas y su mensaje despierta sin duda, el deseo de un encuentro más pleno con Dios, de orar espontáneamente y con una confianza nueva, que alimenta también el deseo de compartir más tanto con las personas que se reúnen, como de ir “en salida” a llevar con alegría lo mismo que se ha recibido del Señor.

Por otra parte, estas comunidades ayudan a formarse y crecer en la fe, lo cual permite la mayor madurez humana y cristiana de sus miembros para ser mejores discípulos misioneros del Señor, y en un ambiente, como se puede percibir cada vez más, de ausencia o rechazo de Dios, o inclusive, de hostilidad hacia la Iglesia, la presencia viva de estas células, son tanto más necesarias, especialmente en la vida de la ciudad: son ciertamente “la levadura en la masa” de la que habla el Evangelio. Para lograr su cometido, afianzada su espiritualidad, deben mantener una convencida unidad con su diócesis, su Obispo, y con la comunidad parroquial a la que pertenece, animada por su Párroco. Y con razón, hace ver el documento de Aparecida, en esta parte, que comunidades así constituidas, serán fuente indudable, de abundantes vocaciones para la vida sacerdotal, la vida consagrada y un compromiso laical con especial entrega apostólica.

Por otra parte, hay una realidad que, como fenómeno de Iglesia, hace presencia en medio de nuestras comunidades diocesanas y parroquiales y son los movimientos apostólicos, unos antiguos y muchos nuevos que especialmente están atrayendo a los alejados o indiferentes con muy buenos resultados en el anuncio directo y cercano del mensaje del Señor y avivando el deseo de renovar la fe, comunicarla a otros y participar más en la vida y actividades de la Iglesia. Son sin duda, un don del Espíritu Santo para su Iglesia.

Podemos reconocer, finalmente, que esa presencia de los movimientos apostólicos, cuando bien orientados, se integran y participan con entusiasmo con sus carismas y la experiencia fresca que tienen de su encuentro con Jesús, forman parte de todo ese espíritu de nueva evangelización por el que está caminando el Pueblo de Dios. Tanto ayuda a este propósito, el plan de pastoral que, en nuestro caso, estamos desarrollando (PDER). Con mi fraternal saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

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