Familia, Iglesia Doméstica – La Voz del Pastor Febrero 2018   

Queridos hermanos y hermanas: alegra mucho poder iniciar estas reflexiones con el énfasis del primer bimestre, que toca tan de cerca a la familia, por el aprecio como por el cuidado y la preocupación que siempre la Iglesia ha tenido por ella. Variadas han sido las formas de llamarla, pero hay una de especial calado como es denominarla “Iglesia doméstica”. El término remite inmediatamente al ambiente primero, íntimo, que se construye día a día en el hogar, mediante la construcción paciente y perseverante de valores que fundamentan y dan piso seguro a la vida de sus integrantes. Es la pequeña comunidad que se construye en la casa (domus ecclesiae); es el lugar de la presencia de Dios que une en el amor, en la vida y en la verdad a sus integrantes: padre, madre e hijos que también son hermanos, núcleo que reclama también a los parientes.

Por vocación, la familia en el plan de Dios, santificada en el sacramento del matrimonio, está llamada a construirse como una verdadera comunidad de personas; una común – unidad, no la agregación de individuos, sino que, en la diversidad de sus miembros, por el amor, son uno, manifestando así el ser mismo de Dios Uno y Trino, su excepcional modelo.

Son muchas las virtudes que se pueden cultivar como semillero propicio en la familia que está en casa. El Papa Francisco refiriéndose al núcleo familiar de Jesús, María y José, la Sagrada Familia, como escuela del evangelio, nos dice que sus rasgos típicos son: recogimiento y oración, mutua comprensión y respeto, espíritu de sacrificio, trabajo y solidaridad (cf.27. XII. 015).

Y el inolvidable Beato Paulo VI, en su discurso de Nazareth, en enero de 1964 proclama: “Lección de vida doméstica. Enseñe Nazareth lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología”.

A su vez San Juan Pablo II, que trabajó tan incansablemente por la dignidad e identidad de la  familia, alude además, entre tantos valores, por él señalados en la vida doméstica familiar, el espíritu de sacrificio, tan necesario y urgente su aplicación en la renovación de la vida familiar. En efecto, dice el Santo Papa que, el espíritu de sacrificio “exige una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la reconciliación, esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada” (F.C.21).

En este año, cuando queremos profundizar en la Iglesia- comunidad, pedimos al Señor y trabajamos juntos para que las familias sean signo e instrumento de unidad y amor, sembrados día a día en los hogares mediante la generosa trasmisión de virtudes y valores aprendidos especialmente del Evangelio. Con mi fraterno saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

 

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