Ordenación Presbiteral en la Arquidiócesis de Bucaramanga

Por: Delegación de comunicaciones – [email protected]

El Sábado 12 de diciembre, Solemnidad de la Virgen de Guadalupe,  se llevó a cabo a las 9:00 a.m. en la Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia de Bucaramanga, la Santa Eucaristía de Ordenación Presbiteral presidida por nuestro padre y Pastor Monseñor Ismael Rueda Sierra y concelebrada por el Presbiterio Arquidiocesano.

Durante la ceremonia, tres (3) jóvenes diáconos transitorios recibieron el Sacramento del Orden conferido mediante la Imposición de Manos y Oración Consecratoria de parte de nuestro arzobispo, siendo ellos Darwin Antonio Sequeda Fonseca, Fernando Gamarra Ordoñez y Mauricio Villamizar Rincón.

En la homilía Monseñor Ismael Rueda Sierra destacó inicialmente el contexto en el que se lleva a cabo esta ceremonia al manifestar: “¡Queridos Hermanos y hermanas en Cristo el Señor y en María Santísima!, ninguno de nosotros habíamos imaginado celebrar estas ordenaciones sacerdotales en el contexto de una Pandemia universal, que por cuidar la vida de todos, nos ha impuesto razonables restricciones; pero lo que sí sabemos, es que Dios nos habla a través de los acontecimientos, con un lenguaje sabio y oportuno para nuestro bien y el de toda la humanidad. Son los signos de los tiempos los cuales estamos invitados a interpretar de acuerdo con la misericordiosa voluntad del Señor. Ustedes queridos hermanos e hijos, Fernando, Darwin y Mauricio, serán los primeros junto a su familia y comunidad, -presencial y virtualmente reunida,- en reconocer éste designio de Dios y registrar una huella imborrable como la misma de su ordenación sacerdotal, del acontecimiento celebrado en nuestra Iglesia Catedral de la Sagrada Familia, con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe y en el año de la Pandemia por el Covid- 19.”

Seguidamente, nuestro arzobispo invitó a la comunidad a reflexionar el mensaje del Señor compartido en su Palabra: “en primer lugar, el texto de Isaías resume la misión del futuro Mesías, prometido y esperado por los pobres de Yahvé, como lo actualizamos los creyentes en este tiempo de Adviento que vivimos. Los invito a que nos detengamos sencillamente en los verbos: “Ungir”, “enviar” y “anunciar”. El Espíritu del Señor esta sobre mí, porque me ha ungido, y me ha enviado a anunciar la ‘Buena Nueva’ a los pobres. “Ungir”, “enviar” y “anunciar” resumen activamente la misión propia del Mesías; que Jesús, proclamando este mismo texto de Isaías en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, reivindica también como cumplido allí con su presencia salvadora. Lo es también ahora mismo en medio de nosotros,  puesto que para los nuevos ordenados, especialmente, identifica claramente su propia misión apostólica. En efecto la unción es obra del Espíritu Santo, presente plenamente en Jesús y que en el rito sacramental de la ordenación se  realiza por la  unción del Santo Crisma en las manos del nuevo presbítero juntamente con la imposición de las manos por parte del obispo.

‘Ungidos’ significa igual Cristo. Ustedes queridos hermanos e hijos, ungidos por la gracia del Espíritu Santo deberán ser otros Cristos ante sus hermanos, a quienes deberán servir con los mismos sentimientos y actitudes del Señor, con predilección hacia los más necesitados en cualquier campo de la vida.  Particularmente en la celebración de la Eucaristía al pronunciar las mismas palabras del Señor y en su nombre, que harán presente a Cristo vivo, dirán también, que lo harán en memoria suya; es decir, de aquel que en la institución de la Eucaristía el Jueves Santo lavó los pies a sus discípulos como actitud de entrega y de servicio, indicándoles que debían hacer lo mismo con sus hermanos.

La lección del Señor es clara,  la acción sacramental debe conducir necesariamente al compromiso de caridad y solidaridad con los hermanos, de lo contrario, se puede quedar en una forma ritual, necesaria siempre para realizar lo que significa, de parte de Dios, pero con riesgo de quedar vacía en el compromiso del ministro celebrante; por eso, a continuación, el texto que comentamos sobre la misión del Mesias, añade indicando el compromiso que conlleva: “es ungido para llevar”; es decir, para ir en salida misionera hacia los otros y anunciar la Buena Nueva de salvación a los pobres, a los oprimidos, cautivos, enfermos, todos necesitados de salvación y liberación. Lo mismo que a ofrecer oportunidades de ‘Gracia’, misericordia y perdón, para reconstruir cotidianamente la vida y rehacerla cuando está en peligro de perderse; así mismo la consagración sacerdotal es un Don Sagrado de la misericordia de Dios a ustedes confiada, estimados Fernando Darwin y Mauricio, no pensado en una promoción autoreferencial, o en un ‘carrerismo’ personal, ni con aires de clericalismo, como real y críticamente lo señala el Papa Francisco; sino que por el contrario, a de testimoniar un obsequio gratuito, generoso y sacrificado en favor del pueblo de Dios a quien nos debemos con la actitud del ‘Buen Pastor’ que da la vida por sus ovejas.

Quiere esto decir, que el ejercicio de su ministerio, tan lleno de bondad y belleza, como debe serlo por su origen, se volvería insignificante y sin sentido, sino va acompañado, aún en medio de la fragilidad humana que todos llevamos, de la  disponibilidad sincera en la obediencia apostólica, el desprendimiento de todo lo que impide colocar a Cristo en el primer lugar y en la necesaria  austeridad en el uso de los bienes y la vivencia responsable y libre del celibato, por amor a Jesucristo y a su Reino  mirándolo siempre a Él como ejemplo, fortaleza e inspiración.”

Continuando con su catequesis, el señor arzobispo destacó en el Santo Evangelio el sentido del ‘Servicio misionero‘ asumido por la Madre del Señor en su visita a Isabel, afirmando que “el texto del evangelio proclamado, nos ubica en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de América, para contemplar en la visitación de María a su prima Isabel una clave de comprensión del acontecimiento que en la fe estamos celebrando, “por aquellos días María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judea y entro en la casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 39). No es difícil descubrir en el testimonio de María la inspiración para el ejercicio del ministerio sacerdotal, que ustedes queridos hermanos ordenandos asumen al ver en primer lugar la salida a prisa a llevar la Buena Noticia a quienes la esperan mediante el ministerio de la Palabra o misión profética. María lo hace con prontitud y con alegría, esta misma que no es otra que la alegría de anunciar a Cristo y que hace saltar de gozo, como ocurrió con el bautista en el seno de Isabel. También vemos en segundo lugar, que al reconocer Isabel en María a la Madre del Señor, como la llama, aclamándola también dichosa por haber creído que se cumpliría lo que el mismo Señor le prometió, invita a  ejercer el servicio sacerdotal con el dinamismo propio de la fe y el camino de la esperanza, que dan fundamento estas dos virtudes teologales  a la acción de santificar, junto con la caridad, como lo hace María al completar su visita, acompañando y sirviendo a su prima hasta el nacimiento de Juan, el Precursor de su hijo Jesús.

De modo que la vida sacramental confiada al ordenado para ser comunicada también en el ministerio sacerdotal, como medio de santificación,  no se completa sin  la entrega en la caridad pastoral que ha de distinguir siempre al ministro del Señor. Es esto mismo lo que nos enseña la Santísima Virgen María de Guadalupe en su visitación a América, donde se ha quedado con nosotros, anunciándonos en el sencillo indígena Juan Diego a su hijo Jesucristo, el verdadero Dios por quien se vive, en quien debemos creer, esperar y como Él, vivir la caridad con predilección por los pobres y necesitados.

Finalmente, la Iglesia concreta desde el evangelio este ejercicio ministerial del presbítero, a ejemplo de Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor, y a imitación suya como colaboradores del obispo con quien en unidad del sacerdocio son llamados al servicio de los hermanos; de modo que configurados con Cristo anunciarán el Evangelio, apacentarán en la caridad al pueblo de Dios  y celebrarán el Culto Divino principalmente en la Eucaristía. En efecto, han de procurar que al meditar la Palabra del Señor, creer lo que leen, enseñar lo que creen y practicar lo que enseñan cómo lo recuerda el Rito Sacramental. Cuánto amor y responsabilidad deben acompañarlos  en la celebración del Sacramento del Altar, lo mismo que al bautizar, perdonar los pecados en el sacramento de la penitencia y dar a los enfermos el alivio de la unción; la oración constante por su pueblo y por toda la humanidad y siempre un amor evangélico y preferencial por los pobres en las distintas periferias de la vida con espíritu constante de disponibilidad a la salida misionera y por supuesto la entrañable confianza en la Santísima Virgen María.

Hoy todos estamos alegres por este Don del Señor a nuestra Iglesia Arquidiocesana, a sus comunidades de origen y crecimiento, a sus familias, al Seminario y a las innumerables personas que con su oración y ayuda oportuna los han acompañado y oramos todos juntos por su fidelidad y perseverancia a ejemplo de Jesús, María y José.”  

¡Amén!

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