Cuando el Exaltado en la Cruz, me atrajo

Por: Hugo Ramírez García, Pbro. Párroco San Antonio del Carrizal – Girón

Una mañana del 2005, preparando clase de filosofía para estudiantes de décimo grado de uno de los Colegios incrustados en medio de la naturaleza, el Metropolitano del Sur en Floridablanca, en mi biblioteca holgada en sus espacios que me permitía disfrutar la planta física de la Parroquia Santa Teresa de Ávila, también en Floridablanca, investigué sobre los humanismos.

Oh que sorpresa. La primera propuesta de humanismo sedujo mi corazón, es decir mi proyecto de vida; mi alma, es decir, mi ser; y mis fuerzas, es decir lo que era y lo que tenía. Increíble pero cierto, era el humanismo ateo: antropocéntrico, integral y halagador. Me quité el cuello clerical con el propósito de vivir en la verdad y asumiendo con entereza mi nuevo proyecto de vida, sin necesidad de Dios. Vi, que apetecible y excelente para lograr sabiduría, ser como dioses (cf. Gn 3,5-6). No había terminado de pensar toda esta nueva realidad, cuando girando mi silla, me encuentro con una Cruz de bronce, sobrepuesta en el escritorio, que las señoritas Mejía Calderón, me habían honrado, obsequiándomela, y que era de su hermano Presbítero Ismael. En seguida me interpeló fuertemente el Crucificado por lo que había hecho por mí: amarme, darse por mí, que vencería la muerte, y está vivo, ha resucitado, como lo afirmaron con su vida y sus escritos, sus discípulos.

Acostumbrado al trato piadoso, respetuoso y decorativo de la Cruz –con el crucificado- no me había dado cuenta existencialmente de esta realidad de Jesús, muerto y resucitado por mí, no lograba ver el insondable misterio de amor que hay en la historia. Y me dije con todo el corazón, con toda el alma y con todas mis fuerzas: “Ahora sí, sé, por qué creo: Porque he visto el amor de Dios manifestado en su Hijo”, “Y cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12, 32). Fue una alegría tan grande experimentar esta confrontación de lo que hasta el momento había vivido y con esta realidad histórica, que más tarde la predicación de la Iglesia, la iluminaba y le daba un nombre.

La palabra que iluminó esta experiencia la encontré, meses después, en el hermano mayor de la Iglesia: el Papa Benedicto XVI, en su primera Encíclica Deus Caritas est (Dios es amor) del 25 de diciembre de 2005 “1Jn 4,16- Juan,  nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE 1). Nadie nace cristiano, nadie se forma cristiano, el cristiano se hace en el encuentro con Jesús.

Y el nombre de esta experiencia,  lo escuché, lo vi y lo experimenté, en el 2008, – aunque lo había oído en el 2007 predicar en la Parroquia, pero no me enteré, todo tiene su tiempo-  en  un encuentro al que invitaron a todos los presbíteros de Bucaramanga, en el Seminario Redemptoris Mater -Medellín, con el Nuncio Apostólico y el Arzobispo de esa ciudad, de aquel entonces;  fui y escuché el Kerygma, la gran noticia, la misma experiencia anterior, pero con una palabra que la he ido verificando en mi vida: Dios me ama como soy: murió por mis pecados, y nuevamente me sentí atraído por él. Me hizo sentir amado. Es que “no basta amar a los hijos, hagan que ellos se sientan amados”, decía San Juan Bosco a los papás. El Kerygma me hizo caer en cuenta que Dios de verdad me ama, porque conmigo es incondicional, se da todo y siempre. Esta realidad del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, abrió y levantó mi esperanza de vida nueva, de perdón y liberación de mis esclavitudes y encontré la centralidad de mi misión,  ante la ansiedad que traía desde la adolescencia, “cómo” evangelizar.

Encontré, además, mi vida cristiana: la consagración bautismal con el santo Crisma, vivir de Cristo Resucitado en sus tres fuentes de salvación: escuchar su Palabra (Biblia), escudriñarla  y celebrarla, renovándome cada día; celebrar activa y conscientemente la Liturgia, de los sacramentos y de las Horas (oración del bautizado) disfrutando el cielo;  y  vivir la caridad con una pequeña comunidad en la sinceridad y la verdad, permaneciendo así, en Cristo (cf. Juan 15,5), como profeta, sacerdote y rey. A partir de esta cotidianidad, tengo una convicción: Todo empieza por la Palabra –escuchada y escrutada- (Jn1, 3); celebrar el memorial del Señor hasta que vuelva (1Co 11, 26); y nadie se salva solo, sin Iglesia-Comunidad, no hay salvación (cf. Hch 4, 32s).

Feliz ateísmo que me hizo ver tan gran redentor; “dioses sois, llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la palabra de Dios –y no puede fallar la Escritura- (Jn 10, 34) no es una empresa humana; oh conmovedor Kerygma que cambió mi vida; oh feliz consagración bautismal que me dio las fuentes de la salvación. Con la liturgia del Viernes Santo, termino exhortando: “mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”.

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