Dignitatis humanae, así el Concilio ratificó el derecho a la libertad religiosa

Por: Andrea Tornielli – Vatican News, Ciudad del Vaticano

En los últimos años se discutía sobre la interpretación de los textos, hoy en día están siendo cuestionados los mismos documentos del Vaticano II. Recordemos cómo se llegó a la Declaración del Concilio que ha marcado la historia de la Iglesia.

«Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa». Era el 7 de diciembre, de hace 55 años, y los Obispos reunidos en la Basílica de San Pedro aprobaban uno de los documentos del Concilio más discutidos, la Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa. «El contenido de esa libertad – afirmaba el documento – es que los seres humanos deben ser inmunes a la coacción de los individuos, grupos sociales y cualquier poder humano, de modo que en materia religiosa nadie se vea obligado a actuar contra su conciencia o se le impida, dentro de los debidos límites, actuar de acuerdo con ella: en privado o en público, individualmente o en asociación. Además, declara que el derecho a la libertad religiosa se basa realmente en la misma dignidad de la persona humana que lo ha hecho conocer la palabra de Dios revelada y la misma razón. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa debe ser reconocido y ratificado como un derecho civil en el orden jurídico de la sociedad».

La contribución del Papa Montini

Dignitatis humanae es un texto que ha sufrido una transformación radical a través de cinco proyectos diferentes antes de ser aprobado. El problema fundamental, que creó más dificultades, fue el modo de cómo definir esta libertad. En el segundo de los esquemas preparados esto se presentó como un derecho positivo, como una facultad para actuar y el derecho a no ser impedido de actuar. «Pero ya en el tercer esquema – recordaba el Cardenal dominico Jérôme Hamer, en aquel entonces uno de los expertos teólogos que había colaborado en la redacción – había desaparecido la ambigüedad de una libertad religiosa definida como un derecho positivo y negativo. Se hablaba ahora de un derecho a la inmunidad, un derecho a no ser coaccionado por ningún poder humano no sólo en la formación de la conciencia en materia religiosa, sino también en el libre ejercicio de la religión». Una contribución decisiva en la formulación del documento y a la definición de la libertad religiosa como inmunidad vino de Pablo VI, quien, durante una Audiencia pública el 28 de junio de 1965, describiendo la libertad religiosa, había dicho: «Ustedes verán una gran parte de esta doctrina capital resumida en dos proposiciones famosas: en materia de fe, ¡que nadie sea impedido! ¡Que nadie sea obligado!» (nemo cogatur, nemo impediatur).

El orden de votación del proyecto

El debate en el Aula fue acalorado, con 62 intervenciones orales y un centenar de contribuciones escritas. Las dificultades persistieron y los órganos directivos del Concilio decidieron no dejar que el texto se votara, como había pedido el Secretariado para la Unidad de los Cristianos. Los temores expresados eran siempre los mismos: la igualdad de derechos entre «los que están en la verdad y los que están en el error», la propuesta de un modelo «de Estado neutral condenado por la Iglesia», una doctrina «en oposición a la doctrina tradicional de la Iglesia en la materia». Fue el Papa Montini quien intervino el 21 de septiembre, dando la orden de que los padres votaran, y preguntándoles si el texto preparado podría ser la base de la futura declaración. El voto registró, de los 2.222 presentes, la respuesta afirmativa de 1.997, la respuesta negativa de 224 y un voto nulo. El Cardenal Pietro Pavan definirá como «histórica» la intervención papal que decidió que se votara el proyecto.

La dignidad de la persona

El texto final del documento, en el primer párrafo, dice: «Ahora bien, puesto que la libertad religiosa… se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo». La afirmación del derecho a la libertad religiosa no equivale, por lo tanto, a poner la verdad y la falsedad al mismo nivel, ni a afirmar la indiferencia o la arbitrariedad en la esfera religiosa. «Puesto que sigue siendo un deber formar una verdadera conciencia – observó el padre Gianpaolo Salvini – no hay oposición con la conciencia de la Iglesia de ser la única religión verdadera… El fundamento de la libertad religiosa se expresa de manera asertiva y se indica en la doctrina católica de la dignidad de la persona humana. Además, la relación con los datos bíblicos y la revelación se ve de una manera nueva que, aunque no habla expresamente de este derecho (que es una determinación civil y jurídica), revela sin embargo la dignidad de la persona humana en toda su amplitud de manera congruente con la libertad del acto de fe cristiana».

Contra el ateísmo de Estado en los países del Este

«La contribución personal de Pablo VI en ese documento del Concilio fue decisiva», atestigua el Cardenal Pietro Pavan. El Papa había intervenido para que se votara el esquema en elaboración y había contribuido a la definición de la libertad religiosa como un derecho a la inmunidad. La contribución de Montini debe leerse también a la luz del importante viaje a las Naciones Unidas en octubre de 1965, y de los primeros contactos con los regímenes de Oltreocortina destinados a mejorar de alguna manera las condiciones de vida de los cristianos y, más en general, de las poblaciones sometidas a la dictadura comunista. La Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa será de hecho un instrumento útil para reclamar el respeto de este derecho elemental en los países donde se profesa el ateísmo de Estado.

Juan Pablo II: entre los textos más revolucionarios

En un mensaje del 7 de diciembre de 1995, con ocasión del trigésimo aniversario de la aprobación de la Declaración, Juan Pablo II, que como padre conciliar había podido seguir de cerca el camino del documento contribuyendo a su redacción, declaró: «El Concilio Vaticano II representó una gracia extraordinaria para la Iglesia y una etapa decisiva de su historia reciente. Dignitatis Humanae es sin duda uno de los textos del Concilio más revolucionarios. El suyo es el mérito particular e importante de haber preparado el camino para ese notable y fructífero diálogo entre la Iglesia y el mundo tan ardientemente instado y alentado por otro notable documento conciliar, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, publicada ese mismo día. Mirando retrospectivamente a los últimos treinta años, hay que admitir que el compromiso de la Iglesia con la libertad religiosa como un derecho inviolable de la persona humana ha tenido efectos mayores que cualquier predicción de los padres conciliares». Cuatro años antes, en su mensaje para el Día de la Paz de 1991, el Papa Wojtyla había reiterado que «ninguna autoridad humana tiene derecho a intervenir en la conciencia de ningún hombre». La conciencia es, en efecto, «inviolable», en la medida en que constituye «la condición necesaria para la búsqueda de una verdad digna del hombre y para la adhesión a ella, cuando ha sido adecuadamente reconocida». De ello se deduce que «todos deben respetar la conciencia de cada uno y no tratar de imponer su ‘verdad’ a nadie… La verdad se impone sólo en virtud de sí misma».

Benedicto XVI y el ejemplo de los mártires

También cabe recordar las palabras que Benedicto XVI había dedicado a este tema en su primer discurso a la Curia Romana, el 22 de diciembre de 2005, cuando invitó «a considerar la libertad de religión como una necesidad derivada de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no puede ser impuesta desde el exterior, sino que debe ser hecha propia por el hombre sólo mediante el proceso de la convicción». El Concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo un principio esencial del Estado moderno, ha retomado el patrimonio más profundo de la Iglesia. Puede ser consciente de que con esto está en plena armonía con la enseñanza del propio Jesús, así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos. La antigua Iglesia naturalmente rezaba por los emperadores y líderes políticos, considerando esto como un deber propio; pero mientras rezaba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y con esto rechazaba claramente la religión del Estado». «Los mártires de la Iglesia primitiva – afirmaba de nuevo el Papa Ratzinger – murieron por su fe en ese Dios que se reveló en Jesucristo, y precisamente así también murieron por la libertad de conciencia y la libertad de profesión de su fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que puede hacerse suya sólo con la gracia de Dios, en la libertad de conciencia. Una Iglesia misionera, que se sabe obligada a proclamar su mensaje a todos los pueblos, debe comprometerse con la libertad de la fe».

Desafío para el mundo globalizado

En un discurso dirigido a los participantes en la conferencia internacional «La libertad religiosa según el derecho internacional y el conflicto mundial de valores», el Papa Francisco ha afirmado: «La razón reconoce la libertad religiosa como un derecho fundamental del hombre que refleja su más alta dignidad, la de poder buscar la verdad y adherirse a ella, y la reconoce como condición indispensable para poder desplegar todo su potencial». La libertad religiosa no es sólo la de un pensamiento o culto privado. Es la libertad de vivir según los principios éticos que se desprenden de la verdad encontrada, tanto en privado como en público. Este es un gran desafío en el mundo globalizado, donde el pensamiento débil – que es como una enfermedad – también baja el nivel ético general, y en nombre de un falso concepto de tolerancia se termina persiguiendo a los que defienden la verdad sobre el hombre y sus consecuencias éticas».

 

 

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