EL CULTO A MARÍA

Queridos hermanos y hermanas: El énfasis de este bimestre se refiere al culto a la Santísima Virgen María. Sobre su fundamento y naturaleza, el Concilio Vaticano II dejó unas premisas básicas para profundizar en él. Y para ampliar esta visión, el papa San Paulo VI entregó a la Iglesia una Exhortación Apostólica sobre el culto a María. En el Congreso Mariano Arquidiocesano se ha profundizado sobre el tema. Es bueno que recordemos algunos de estos criterios para favorecer el recto ejercicio de la piedad mariana.

En efecto, María es venerada con el título de Madre de Dios desde tiempos antiguos, “a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades”. Y sobre todo, a partir del Concilio de Éfeso, ha crecido y se ha establecido el culto de todo el pueblo de Dios hacia la Virgen María para venerarla, invocarla e imitarla, dando cumplimiento así a la palabra profética del Magnificat: “todas la generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso” (Lc 1,48-49). Pero este culto, no obstante ser tan especial, se distingue de modo esencial del culto de adoración que se tributa a Jesucristo y a las demás personas de la Santísima Trinidad, al Padre y al Espíritu Santo. Sin embargo, las expresiones de piedad hacia la Madre de Dios, aprobadas por la Iglesia, por el contrario, favorecen que Jesús, su Hijo “sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos” (Cfr. L.G. 66).

De acuerdo con estas consideraciones, se privilegia en primer lugar, el culto litúrgico, que tiene siempre por fin a Jesucristo, así como también se estiman mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por la Iglesia a través de los siglos. En el culto litúrgico se ubica la presencia de María a lo largo del ciclo anual del misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta la espera de su venida gloriosa. Lo podemos constatar, por ejemplo, en el espíritu del Adviento, Navidad, Epifanía y en los demás tiempos del año litúrgico, así como en los leccionarios y la liturgia de las horas, donde aparece un sinnúmero de lecturas que hacen relación con la bienaventurada Virgen María.

Y es muy importante destacar que en el aspecto litúrgico, se resalta también el vínculo de María con la Iglesia, como ejemplo de la actitud espiritual como ésta última, vive y celebra los divinos misterios. En efecto, la Servidora del Señor, como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, se nos presenta como la Virgen oyente, la Virgen orante, la Virgen-Madre y la Virgen oferente, de manera que María es también en el ejercicio del culto divino, maestra de vida espiritual para cada uno de nosotros. De esta forma, y como consecuencia, al fijarnos en la Madre de Dios, se ha de convertir la vida de cada uno de nosotros, en un verdadero culto a Dios y en un generoso compromiso de discipulado misionero.

Pero además de la liturgia que ocupa el primer lugar, al tratar de los ejercicios de piedad dirigidos a la Madre de Dios como el Ángelus, el Santo Rosario, por una parte, y procesiones, eventos patronales y loables prácticas en su honor, por otra, se ha de tener como criterio, que favorezcan la comprensión y la relación que debe existir siempre entre la Santísima Virgen María, Madre de Dios y el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Con mi fraterno saludo y bendición.

 

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

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