El Culto Divino es un don divino

Por: Padre Edwin Serrano – Delegado Arquidiocesano Pastoral Litúrgica

Esta es la segunda entrega para avanzar hacia la comprensión de los fundamentos de la liturgia. Descubrir lo más importante y característico de una realidad es lo que pudiéramos llamar de manera sencilla la esencia, ello nos ayuda a ubicarla, a percibirla mejor, a captar aquello que permanece invariable en ella, desplegando una serie de implicaciones al asumirla en la vida. Los invitamos a la lectura atenta de este artículo. 

  1. Don divino

La sagrada liturgia es un don de Dios, entonces se distancia de ser una actividad sujeta al capricho humano, nos supera sacándonos de nuestro egoísmo, pero sin excluirnos. Nos encontramos con una realidad que va más allá de lo que está al alcance de la mano, una realidad mistérica (trascendente porque Dios está fuera de todo límite y salvífica porque toca a los hombres) que, sin embargo, tiene lugar en el tiempo-espacio y toca la vida natural. Esta realidad se distingue de otro tipo de experiencias religiosas porque no son los hombres quienes dan el contenido del culto, ni adoran a quien quieran adorar, como un dios creado entre otros, a la propia medida de los gustos personales o sociales. Entonces nos encontramos en la liturgia con una actividad no-arbitraria, con un don del Cielo. 

  1. Culto divino

La liturgia no se identifica con una auto-afirmación o auto-representación de la comunidad celebrante, el culto que celebra se dirige a Dios único y verdadero que esta sobre todo y todos como lo manifiesta la Revelación. De esta forma la liturgia no da culto a la misma comunidad, ni quiere transmitir al mundo la presencia de la misma sociedad oferente. Al respecto nos valdremos de un texto bíblico del Antiguo testamento1, el llamado relato del becerro de oro del libro del Éxodo, en el que el sumo sacerdote Aarón ejecuta un rito, adecuado en su forma, pero ofrecido confusamente a un ídolo pagano, a la figura de un becerro de oro. Puesto que de los errores se puede aprender, ¿cuál es la enseñanza que obtenemos de este relato respecto de la liturgia?

«Por una parte, la infracción de la prohibición de las imágenes: no se es capaz de perseverar junto al Dios invisible, lejano y misterioso. Se le hace descender al propio terreno, al mundo de lo palpable y comprensible. De este modo, el culto ya no es un elevarse hacia él sino un rebajar a Dios al propio terreno. Tiene que estar ahí cuando se le necesita y tiene que ser tal y como se le necesita. El hombre utiliza a Dios y, de este modo, se sitúa, aunque aparentemente no lo parezca, por encima de él. Con esto queda ya aludida la segunda causa [que provoca la quiebra en el relato veterotestamentario del becerro de oro]: se trata de un culto en el que queda de relieve el propio poder. Si Moisés tarda demasiado en volver, y Dios mismo parece convertirse en inaccesible, se le va a buscar. Este culto se convierte en una fiesta que la comunidad se ofrece a sí misma, y en la que se confirma a sí misma»2.

  1. El don de la vida es culto espiritual agradable a Dios

Como el sacerdocio del Señor Jesucristo va más allá de toda ofrenda sacerdotal del Antiguo Testamento, pues se ofreció Él mismo (su vida entera, cuerpo y sangre) como sacrificio agradable al Padre celestial, los cristianos están llamados a ofrecerse como sacrificio vivo agradable a Dios. La liturgia es la expresión excelente de ese don, porque «la Iglesia, por su parte, pretende que los fieles, no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que también aprendan a ofrecerse a sí mismos»3. El culto divino penetra toda la existencia, nunca excluye la vida, como si se pudiera parcelar cada ámbito de la existencia sin que entre en contacto con el resto, así el comportamiento con Dios y el prójimo, por supuesto se incluyen en la liturgia. La rectitud de vida, entendida como llevar a cabo la voluntad de Dios, es culto agradable que se le ofrece a Él.

«La adoración, la forma correcta del culto, de la relación con Dios, configura la existencia humana propia en el mundo. Y esto es así, por el hecho de ir más allá de la vida cotidiana, ya que nos hace participes del mundo de Dios, de la forma de existencia en el “cielo”, y hace irrumpir la luz del mundo divino en nuestro mundo. En este sentido el culto tiene, de hecho […] el carácter de una anticipación. Augura una vida más definitiva y, precisamente por esto, proporciona su medida a la vida presente»4.

  1. Serrano E. (20/08/2020)

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  1. Sugerido por J. Ratzinger, Ut infra.
  2. J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, trad. esp. Canas R., Madrid 2001, 43.
  3. Misal Romano. Instrucción General del Misal Romano, n. 79f.
  4. Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, 41.

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