El sínodo Amazónico: desafíos y llamados para la iglesia universal

Por: Mauricio López – Vatican News, Ciudad del Vaticano

Mauricio López, Secretario Ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) plantea en este artículo que en el sínodo amazónico y en la exhortación apostólica postsinodal “Querida Amazonia”, hemos sido testigos de una serie de novedades sin precedentes que han tenido un impacto inesperado en nuestra tradición católica en los niveles local, regional y universal.

López expresa sus firmes esperanzas en que estos elementos novedosos darán lugar a un cambio continuo para toda la Iglesia y el mundo en nuestra búsqueda de construir el Reino de justicia y de paz.

Tres cambios significativos a partir del Sínodo

El sínodo de la Amazonia, en mi opinión, ha producido tres cambios significativos en nuestra forma de proceder.

En primer lugar, vimos cómo las periferias, consideradas durante tanto tiempo como irrelevantes o secundarias, se trasladaron al centro de la atención de la iglesia. Esta es una invitación a estar abiertos al Espíritu Santo que viene de los lugares más inesperados, más allá de nuestras propias limitaciones, estructuras existentes y lugares seguros. Y como sucedió en el itinerario del propio Jesús (algo que es tan a menudo cierto en los Evangelios), los márgenes se tornan probablemente en el lugar más significativo donde ocurren los más profundos llamados de Dios a la conversión.

 En segundo lugar, asistimos al surgimiento de un nuevo paradigma eclesiológico, el de un enfoque territorial. Con este nuevo enfoque alrededor de regiones específicas, las estructuras tradicionales de la iglesia se amplían, y son confrontadas, como resultado de la necesidad de responder a los clamores concretos de la gente en un espacio definido más allá de lo que ya conocemos. La complejidad de las culturas de la región amazónica exige un enfoque Inter dimensional que produzca un diálogo entre las perspectivas pastoral, teológica, social, ecológica, económica e incluso política. Esto es a la vez un desafío y una fuente de ansiedad, ya que nos aleja de nuestros modos de pensamiento tradicional. La región del Amazonas es tan compleja y vulnerable, y su continuidad como espacio de vida es tan importante para todo el planeta, que debe ser considerada como unidad orgánica, un bioma. En “Querida Amazonia”, el Papa Francisco incluso llama a la Amazonía un “misterio sagrado” (Nº 5) y un “lugar teológico” (Nº 57).

En tercer lugar, muchos de nosotros reconocimos una necesidad urgente de la iglesia para abrirse a la diversidad, cumpliendo así una parte central de su identidad para ser cada vez más universal. La iglesia necesita abrazar genuinamente a otras culturas con sus propias historias, espiritualidades y trayectorias, reconociendo la parte de la revelación de Dios que hay en ellas, y la presencia de las semillas del Verbo encarnado en su interior. El sínodo Amazónico pide un enfoque verdaderamente intercultural en el que la presencia luminosa e irreductible del misterio de Dios en todo lo creado no se elimine, someta o colonice. Más bien, la iglesia debe ayudar a las culturas de esta región a florecer, reconociendo en ello el misterio de la revelación. La exhortación del Papa lo expresa así:

No nos apresuremos en calificar de superstición o de paganismo algunas expresiones religiosas que surgen espontáneamente de la vida de los pueblos. Más bien hay que saber reconocer el trigo que crece entre la cizaña, porque «en la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo». (QA nº 78).

Diálogo con las culturas. Escuchar la periferia

He tenido el privilegio de ser partícipe de la misión y presencia directa de la Iglesia en la región amazónica, y de haber sido miembro activo en la preparación del sínodo, su discernimiento y la asamblea del mismo. Durante ese proceso llegué a comprender que el elemento más importante del Sínodo, aunque no era expresado abiertamente, era la tensión creativa y potencialmente vivificante entre las enseñanzas de la Iglesia Católica (doctrina) -centro-, y el sensus fidei (sentido de la fe) de los fieles y miembros de la Iglesia en el territorio -periferia-.

Ninguno de los dos debe someter al otro porque ambos expresan el depósito de la fe (el cuerpo de la verdad revelada en la Escritura, tradición y en el pueblo de Dios) para los católicos, y es importante que encontremos la manera de identificar el potencial creativo y transformador que surge de esta tensión, si somos capaces de hacer un honesto discernimiento a la luz de ello. En los trabajos del sínodo Amazónico, muchos experimentamos la sensación de cierto rechazo de parte de los que tradicionalmente estaban en el centro de la iglesia con respecto a la experiencia del Espíritu del pueblo de Dios, del “sentido de fe” que venía de las periferias y de los inéditos diálogos y procesos de escucha que definieron en gran medida los temas del Sínodo. También, experimentamos el deseo de algunos de subordinar este sensus fidei bajo la doctrina de la iglesia existente, como si ella tuviera un valor prioritario. Esto, además de erróneo, habría eliminado cualquier posibilidad de que el sínodo lograra uno de sus objetivos principales: encontrar nuevos caminos para la iglesia y para una ecología integral. No hay posibilidad de discernimiento sin un corazón abierto para escuchar lo nuevo en el llamado de Dios.

Frutos del discernimiento sinodal

Como también se demostró en nuestro discernimiento sinodal, tanto la doctrina existente como el sensus fidei pueden enriquecerse mutuamente. Su interacción proporciona uno de los fundamentos de nuestra fe. Necesitamos crear espacio para ambos, para no quedar atrapados en una vivencia fundamentalista de nuestra fe.

Por un lado, bajo el enfoque donde predomina la visión doctrinal nos convertiríamos en una institución legalista sin espacio para la revelación, la cual estaría completamente cerrada a cualquier cambio necesario, aún frente a los urgentes llamados de Dios en los signos de los tiempos y en los gritos concretos del Cristo crucificado en medio de la realidad. Por otra parte, permaneciendo únicamente en el enfoque desde el “sentido de la fe” del pueblo, podríamos perder de vista el camino que nuestra iglesia ha hecho, y donde hay evidentes signos de Dios, y con ello estar tentados a cambiar todo de acuerdo con la opinión predominante en el momento.

En medio de grandes esperanzas, el resultado más preocupante y doloroso de este sínodo, como podemos percibir en algunos medios de comunicación y de parte de católicos fuera del territorio amazónico, es la presencia prevaleciente de un miedo sobre lo que en realidad debería ser fuente de vida para el crecimiento del misterio de Dios en el mundo, es decir el miedo y rechazo a lo diferente, a la riqueza que viene de la diversidad cultural.

No tener miedo a acoger la diferencia

Tenemos una hermosa fuente de vida en la diversidad cultural de los pueblos Amazónicos, y en ellos la presencia de las semillas del sagrado misterio yace dentro de sus espiritualidades, sabiduría y tradiciones. Al temer a esto, el resultado es a menudo una respuesta que afirma una visión monocromática, de un centro que rechaza a la periferia, que impide que se viva plenamente la verdadera catolicidad de la iglesia, tal como se presentó en el Concilio Vaticano II (ver “Lumen Gentium”, Nos. 16-17).

Y, por el contrario, parece que seguimos sin temer a la innegable crisis climática sin precedentes, la cual es el resultado de nuestro estilo de vida y modelo de sociedad en el que vivimos como si el planeta no tuviera límites, y como si no hubiera un mañana o generaciones futuras. Estamos viviendo una “cultura del descarte”, usar y tirar, poniendo en riesgo la continuidad de la revelación de Dios en todo lo creado. Esta crisis socio-ambiental es una real amenaza para la concreción del Reino que Jesús prometió, ya que estamos llegando a un punto de no retorno. Al hacerlo, también negamos nuestra propia doctrina social en la encíclica “Laudato Si’.”

Pedro Arrupe, S.J., siervo de Dios, dijo una vez: “No tengo miedo al nuevo mundo surge. Temo, en cambio, que tengamos poco o nada que ofrecer a este mundo, poco que decir o hacer, que justifique nuestra existencia. No pretendemos defender nuestros errores, pero tampoco queremos cometer el más grande de ellos: esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos”.

Publicación original en inglés en America Magazine

 

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