La Esencia de la Liturgia

Por: Edwin Armando Serrano Espinosa, Pbro – Delegado para la Pastoral Litúrgica

Esta es la primera de varias entregas para avanzar hacia la comprensión de los fundamentos de la liturgia, según el querer de la Iglesia. Descubrir lo más importante y característico de una realidad (es lo que pudiéramos llamar de manera sencilla la esencia), nos ayuda a ubicarla, a percibirla mejor, a captar aquello que permanece invariable en ella, desplegando una serie de implicaciones al asumirla en la vida. Los invitamos a la lectura atenta de este artículo breve sobre «La esencia de la liturgia». 

  1. Vocablo

La palabra liturgia antes del cristianismo no pertenecía directamente al lenguaje religioso, en el ámbito civil comportaba una actividad pública, pero no una actividad del pueblo sino en favor de pueblo. De ahí que en la antigüedad clásica el término se entendía como la actividad de una persona a ventaja de la colectividad, no la obra de la colectividad a ventaja de una sola persona, es decir aquello que alguno hace por todos gratuitamente. Así, cuando una persona con muchos bienes materiales donaba de lo propio para hacer una obra de beneficencia para la ciudad, se decía que estaba cumpliendo una liturgia. Aquel significado primordial está a la base de la concepción de liturgia (λειτουργία) que encontramos en el Nuevo Testamento. Sin embargo, no es aquel vocablo en sí lo que nos interesa, como el contenido cristiano que se vertió en tal término.

  1. Carta a los Hebreos

La Sagrada Escritura en la Carta a los hebreos, cuando habla de Jesucristo como Sumo Sacerdote nombrado por Dios de manera particular (Hb 5,10), advierte que Él se encuentra «al servicio del santuario» (Hb 8,2)1, esto lo implica como “ministro”, propiamente “liturgo”2; aparece como el Pontífice elegido, conexión entre Dios y los hombres, para ofrecer el culto en Espíritu y verdad para el cual el Señor había concedido a su Pueblo la tierra prometida para que le diera culto según su voluntad y preceptos3. Pero hay algo más, este Sumo sacerdote es superior a los ángeles e Hijo de Dios, a quien se le ofrece el culto y se eleva el sacrificio4, y llama hijo de Dios a cada uno de los miembros de la Iglesia, asociándola a la ofrenda de sí mismo, porque a Él no hace falta nada de lo necesario para orar y ser escuchado, para elevar el sacrificio y que este sea recibido con agrado: Él es «sacerdote, víctima y altar»5 (cf. Hb 7,26-28).

  1. Constitución sobre la sagrada liturgia

El Concilio Vaticano II en la constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, recuerda que la «obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual»6, dicha obra se realiza en la Iglesia en la santa Misa, en los sacramentos, en la Liturgia de las Horas (cf. nn. 5. 7), o sea en la liturgia donde Cristo está «siempre presente en su Iglesia» (n.7). Es decir que la liturgia proviene de la voluntad del Padre realizada por Jesucristo su Hijo en la unidad del Espíritu Santo, por ello comporta la santificación de los hombres siendo perfecta obra de la glorificación de Dios (cf. n. 7). Así se reconoce el justo lugar que corresponde a la liturgia (en relación a su esencia) en la vida eclesial, su principalidad y calidad inigualable respecto de las demás acciones eclesiales («acción sagrada por excelencia», n. 7), que no agota la totalidad de la vida eclesial (cf. n. 9: «pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión»), de hecho está en perfecta comunión con toda actividad eclesial al punto de ser su cumbre y fuente (cf. n. 10). El carácter familiar del culto litúrgico también es destacado por la constitución mencionada, cuando declara que «Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno» (n. 7).

«Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (n. 7).

  1. Esencia

Si se nos pidiera expresar resumidamente la esencia de la liturgia, podríamos responder con tranquilidad, según la enseñanza de la Iglesia, que esta: es la gran obra divina de la redención obrada por Cristo sacerdote, que se realiza en la Iglesia, su Cuerpo, por medio de la liturgia, principalmente en la Eucaristía; es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo que asocia a la Iglesia su Esposa al culto dirigido a Dios Padre; es el culto público íntegro dirigido a Dios, ejercido por el Cuerpo místico de Jesucristo, Cabeza (Cristo) y miembros (Iglesia); es una acción inigualable de la Iglesia que no agota la totalidad de su actividad, en cambio constituye su fuente y cumbre7.

E. Serrano E. (23/07/2020)

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  1. Cf. Hb 8,1-2: «Este es el punto capital de cuanto venimos diciendo, que tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre».
  2. Cf. Hb 8,2: «τῶν ἁγίων λειτουργὸς», «el ministro/liturgo en el/los santuario/santos lugares», Novum Testamentum Graece (NA 28).
  3. Cf. J. Ratzinger, Introducción al espíritu de la liturgia, traducción española Canas R., Madrid 2001, 35-43; Ex 7,16; 8,21; 9,1. 13; 10,3
  4. Cf. Hb 1,3-4: «el cual [el Hijo de Dios], siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado».
  5. Misal Romano, Ordinario de la Misa, Prefacio pascual V.
  6. Concilio Vaticano II, «Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963)», n. 5.
  7. Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, nn. 5. 7. 9. 10.

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