La Oración en tiempos de Pandemia

Por: Edgar Orellán Bueno, Pbro. – Misionero Ad Gentes IMC, Arquidiócesis de Bucaramanga

No es algo extraño para un creyente escuchar que la fuerza del cristiano está en la oración; y esto se cumple de modo muy especial cuando hay situaciones de dificultad o de crisis.

Jesús, siendo el Hijo de Dios, oraba frecuentemente, como aparece en los Evangelios, y especialmente en san Lucas. Y al mismo tiempo, enseña a los discípulos a orar (Lc 11, 2-4) y les pide que oren (Mt 26,41).

Los salmos, bellas composiciones inspiradas que nos presenta la Sagrada Escritura, dan muestra de que cada momento de la vida es ocasión para elevar al Señor nuestras oraciones: la alegría, el gozo, las gracias recibidas, la tristeza, el dolor, la enfermedad, etc., son oportunidades propicias para un trato íntimo y profundo con el Señor.

Por supuesto, este tiempo de pandemia no es la excepción. Así, hemos escuchado la invitación que los obispos del CELAM nos hicieron para pedir a Nuestra Señora de Guadalupe por el fin de la pandemia. El Papa Francisco también nos invitó a una jornada de oración ayuno y caridad pidiendo por el fin de la pandemia; además de eso, nos dio aquellas dos oraciones a nuestra Señora por esta misma intención. También, en el mes de abril, nuestros obispos de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), siguiendo las indicaciones del Papa Francisco, nos invitaron a rezar la coronilla de la Divina Misericordia “por toda la Iglesia y por toda la humanidad que sufre la pandemia causada por el coronavirus”.

En la Tradición de la Iglesia y en la vida de los santos encontramos diversos ejemplos de amor, confianza, constancia y perseverancia en la oración, más aún no han existido santos que no hicieran oración. San Agustín, por su parte nos dice en su carta 130: “Estando, así las cosas, no será inútil o vituperable el dedicarse largamente a la oración cuando hay tiempo, es decir, cuando otras obligaciones y actividades buenas y necesarias no nos lo impidan, aunque también en ellas, como he dicho, hemos de orar siempre con aquel deseo”.

Y, como es natural, en nuestra propia vida también encontramos diversos momentos en los que hemos experimentado la eficacia y el poder de la oración hecha con fe. Así, podemos ver cómo la oración es fundamental en nuestro camino hacia Dios.

En la oración no podemos olvidar a qué clase de Dios estamos rezando; San Pablo nos lo recuerda: “Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar” (Ef 3,20). Y el mismo Jesús habla de modo muy elocuente: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?” (Mt 6, 26). Así, pedimos a un Dios que es nuestro Padre y que nos ama por encima de lo que cualquier persona en esta tierra nos ama, por muy querida que nos sea; un Dios que quiere siempre lo mejor para sus hijos.

Oramos a un Dios que es infinitamente bueno, y por eso nos “arriesgamos” a ponernos plenamente en sus manos.

San Lucas nos presenta a Jesús orando de la siguiente manera en el Huerto de los Olivos: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» (22,42). Esta manera de orar de Jesús es bastante iluminadora, ya que Jesús expresa de una manera muy natural lo que siente en su corazón al Padre del cielo. Sin embargo, ora pidiendo que se haga la voluntad del padre y no la suya. Así, la oración cristiana aparece no como un ejercicio de manipulación de las cosas y de Dios, sino como el medio por el cual mostramos sinceramente nuestros deseos al Señor, pero al mismo tiempo pedimos que sean vencidos todos los obstáculos (sean personales o externos) que impiden que su santa y divina voluntad se realice.

En este arte de aprender a orar acontece que frecuentemente, no recibimos inmediatamente lo que pedimos, sino que el Señor nos va preparando para recibir adecuadamente lo que pedimos, si realmente es para nuestro bien eterno y temporal.

En la parábola de la viuda y el juez injusto (Lc 18, 1-8), Jesús nos recuerda que en la oración no se obtienen respuestas inmediatas, sino que es preciso orar siempre y sin desanimarse. La constancia de la viuda termina venciendo al juez inicuo. No se desanima, sino que persevera.

El desánimo también puede llegar porque en el mismo ejercicio de la oración nos encontramos con nuestra pequeñez y fragilidad para poder hacer una oración fervorosa, profunda y con frutos de conversión. No podemos olvidar que quien ora no pretende agradarse a sí mismo sino al Señor, de manera que, así como un padre y una madre se alegran al ver dar sus primeros pasos a su bebé, por imperfectos que puedan ser desde un punto de vista técnico, mucho más Dios se alegra por nuestros “pequeños pasos” en ese adentrarnos al encuentro de Él, aquel que tanto nos ama y a quien tanto queremos amar.

Finalizamos esta reflexión que, como vemos, no es exhaustiva pero que ofrece algunos elementos de meditación, recordando que la oración debe estar unida a un deseo sincero de conversión. Ya el Señor denunciaba por medio del profeta Isaías la actitud del pueblo que le honra con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (29, 13). Así pues, la oración no es un hobby para personas con determinadas características de temperamento, así como cada tipo de persona tiene su manera de distraerse, sino un encuentro con el Señor en el que el Espíritu viene en nuestro auxilio para fortalecernos y transformarnos en nuestra peregrinación hacia Dios.

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