LA VOZ DEL PASTOR: EL BAUTISMO

Por: Monseñor Ismael Rueda Sierra – Arzobispo de Bucaramanga

Queridos hermanos y hermanas: en marzo meditamos sobre el Bautismo, primer sacramento de la iniciación cristiana. Ante todo, debemos recordar que los sacramentos son “de Cristo” porque todos ellos fueron instituidos por el mismo Jesucristo; también son “sacramentos de la Iglesia”, porque ella misma es sacramento de la acción eficaz de Cristo y porque ellos, los sacramentos, son “sacramentos que constituyen la Iglesia” (San Agustín); sin ellos no podría existir. Además, los sacramentos son “sacramentos de la fe”, pues Cristo envió a sus Apóstoles a predicar y a hacer discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con la misión de evangelizar. De modo que el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra.

Con esta necesaria introducción, aplicable a los sacramentos, meditemos ahora en el Bautismo, empezando por el nombre que significa “sumergir” en el agua que, como nos lo recuerda el apóstol San Pablo, recibir el bautismo significa sumergirse en la muerte de Cristo y resucitar con él como una criatura nueva (Cfr. 2Co 5,17). De ahí que podamos sacar una primera conclusión, según la cual, todo nuestro camino de fe en la vida, nuestra iniciación y la madurez cristiana, tendrá siempre ésta experiencia de morir y resucitar con Cristo que no es otra cosa que participar del misterio Pascual del Señor.

Ya el bautismo estaba prefigurado desde la Antigua Alianza, por el agua como fuente de vida y de muerte, por ejemplo, en el arca de Noé, que salva por medio del agua, o en el paso del Mar Rojo que libera de la esclavitud de Egipto al pueblo de Dios, o en el paso del Río Jordán, para entrar en la tierra prometida, figura de la vida eterna. En Jesucristo, el Señor, se cumplen estas figuras, de diversos modos: él mismo se hace bautizar por Juan el Bautista en el Jordán; de su costado abierto, en la cruz, brotan sangre y agua, signos de la Eucaristía y el Bautismo y una vez resucitado como ya lo habíamos dicho, envía a sus Apóstoles a enseñar y bautizar en el nombre de la Trinidad.

Debemos recordar también que la Iglesia bautiza desde Pentecostés al que cree en el Señor y que lo hace esencialmente sumergiendo o derramando agua sobre la cabeza de la persona e invocando el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia bautiza a los niños porque al nacer con el pecado original necesitan ser liberados del poder del maligno para ser hijos de Dios. La profesión de fe que es necesaria para recibir el bautismo, en este caso de los niños, se hace por medio de sus Padres y de la Iglesia, a quien también el padrino o madrina representa y ha de acompañar en su formación.

Finalmente pensemos en los efectos maravillosos derivados del Bautismo. El primero es que perdona el pecado original y todos los pecados personales que haya cometido antes, juntamente con las penas o consecuencias de esos pecados. Recibe la gracia de Dios-Trinidad o gracia santificante por la que recibe el título de hijo de Dios, por adopción. Y entra a participar de la herencia que el Señor nos ha entregado y que nos permite vivir la comunión con Dios y con los hermanos, recibiendo además las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad y dones del Espíritu Santo. En síntesis, el bautizado es de Cristo para siempre y ese carácter bautismal, nada ni nadie se lo puede quitar. (Cfr. Compendio 252-263)

En necesario que nos detengamos en silencio y oración profunda, para valorar y agradecer al Señor este don tan inmenso del Bautismo en nuestra vida. En la Cuaresma particularmente y durante este quinquenio del Plan de Pastoral sobre el discipulado y la iniciación cristiana, renovarlo y madurar en un consciente compromiso con el Señor y los hermanos. Y no olvidar el cumpleaños del día del bautismo.

Con mi fraterno saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

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