MARÍA: SOLIDARIA

Queridos hermanos y hermanas: el valor destacado para este bimestre, mirando a María, es el de la solidaridad. La solidaridad es entendida en el pensamiento social de la Iglesia como la exigencia de reconocer, en el conjunto de vínculos que nos unen como personas y como grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común compartido por todos (Cfr. C D.S.I. Nº 94), en otros términos, nuestra preocupación sincera por lo demás. María, mujer solidaria no pensó en sí misma antes de preocuparse por la suerte de todos sus hermanos en la familia humana. Por eso aceptó ser Madre de Jesús, quien, en el más alto grado de solidaridad, nos salva y da su vida por nosotros. Cualquier escena del Evangelio donde ella aparece, que meditemos, dan testimonio de esta actitud y disposición de la Virgen.

Entre los textos sugeridos para profundizar, se propone el relato de la Visitación de María a su prima Santa Isabel, bellamente narrado por el evangelista Lucas (Lc 1,39-56). Sobre la característica típica de este texto, en el pensamiento de Lucas, podemos notar a dos mujeres y dos niños que según la cultura de la época, no figuraban propiamente como protagonistas para escribir la historia con sus vidas. Como es sabido, en los libros de historia profana, generalmente se destaca a personas que por medio del dominio, el poder o por el empleo de la astucia, entran a figurar como sus principales protagonistas. Acá, según el estilo de Dios, desde la “pequeñez de su sierva”, como lo escuchamos en el Magníficat que aparece en este texto, Dios manifiesta su solidaridad con la humanidad. Lo primero que hay que destacar del pasaje bíblico es que María, corre a toda prisa a encontrarse con su prima Isabel. La prontitud y la disponibilidad para salir de sí y dirigirse hacia la mujer que llevaba en su seno al precursor del Salvador, Juan el Bautista. El primer gesto de solidaridad es pues, llevarle a Jesús presente ya en sus entrañas y recibido con alegría como un gran don en la casa de Zacarías e Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!.  Llevar a Cristo a los demás, es sin duda el primer gesto de ayuda para que sea comprendida la dignidad de cada uno, la necesidad de vivir para Dios y para los demás, la más profunda explicación del sentido de la vida y de la eternidad.

En este contexto, ante el elogio de la madre del Bautista, María canta la grandeza del Señor, el Magníficat, que todo él puede ser leído en clave de solidaridad. En efecto, el que es Poderoso y Santo, se fija en la pequeñez de María para manifestar su misericordia que va de generación en generación con el propósito de que el bien común sea una realidad para todos, superando los planes de los poderosos según el mundo y permitiendo que a los humildes, a los hambrientos, a los pobres, lleguen todos los bienes, entregados como regalo de Dios con destino universal, y que les han sido negados. Es el gran anuncio que María hace en este cántico de los planes de Dios para con su pueblo, en el que no quiere dejar a nadie en la periferia: amor, justicia, equidad y solidaridad para todos, como anticipo y concreción de los bienes futuros.

Y el texto termina con el compromiso y testimonio concreto de María, quien manifiesta su solidaridad además con Isabel, ayudándole y acompañándola hasta el fin de su embarazo, por tres meses más; como dice el dicho “Obras son amores y no buenas razones”. Con mi fraterno saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

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