MISIÓN, FE Y ESPERANZA, DESDE LA AMAZONÍA

(Tomado de Consolata América, revista de los Misioneros de la Consolata en el Continente Americano 18 08 2020)  https://www.consolataamerica.org/es/mision-fe-y-esperanza-desde-la-amazonia/

La Iglesia, como madre y maestra, busca comprender e interpretar el contexto en que se desenvuelve la vida de la humanidad, recordando sus alegrías y sus esperanzas, reconociendo que la mayor de ellas, es Cristo, cabeza y esposo de la misma. Con esta motivación, y siendo parte de nuestra formación en miras a la configuración con Jesucristo, Buen Pastor, hemos vivido esta experiencia de misión dentro de uno de los Territorios Eclesiales que conforman la REPAM (Red Eclesial Panamazónica), en compañía de sacerdotes y laico IMC, y entendiendo que es Cristo en quien “somos, nos movemos y existimos” (Hch. 17, 28) a pesar de los distintos retos que se han presentado en los últimos tiempos.

Por David Fernando Bohórquez Quintero*

ELEGIDOS Y ENVIADOS (MC. 6, 7 – 13)

“El Señor eligió a sus discípulos, los mandó de dos en dos”, menciona el canto, bíblicamente inspirado, que es entonado en distintas localidades, pero con un mismo sentido: La misión y el llamado hechos por el Dueño de la mies, por el Señor de la vida, que quiere darnos vida en abundancia, ofreciendo la nuestra a los demás, siendo partícipes de la edificación del Reino de los Cielos en esta vida terrena.

Mediante la exhortación apostólica Evagelii Gaudium, el papa Francisco, siendo Vicario de Cristo, estimula a reconocer la salida misionera como paradigma de toda la obra de la Iglesia (cf. EG 15), más aún, en el contexto mundial actual, en que la presencia eclesial es precaria en numerosas partes, y la necesidad del Anuncio de la Buena Nueva es más que una súplica de aquellos pueblos que viven el día a día, sin una esperanza fija, ni una propuesta de salvación en medio de las dificultades que se pueden vivir.

Con todo esto, y la motivación proveniente desde la Santa Sede, se hizo petición a distintas Arquidiócesis pertenecientes a la Conferencia Episcopal Colombiana, para acompañar o “apadrinar” algunos territorios eclesiales que se ven desprovistos de suficiente presencia pastoral y con dificultades en otros aspectos. Así fue como se concibió el padrinazgo por parte de la Iglesia Particular de Bucaramanga, guiada por Mons. Ismael Rueda Sierra, al Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo – Solano, que tiene como guía a Mons. Joaquín Humberto Pinzón Güiza, IMC.

Así, con cierta timidez, con grandes expectativas y un espíritu motivado, fuimos elegidos, por parte del equipo de padres formadores del Seminario Mayor Arquidiocesano de Bucaramanga, contando con la aprobación de nuestro Padre y Pastor, Edikson Sneider Silva Castro y el suscrtito – ambos del mismo grupo de formación –, para iniciar esta experiencia formativa en la “Puerta de Oro de la Amazonía”.

LLAMADOS E INVITADOS A CAMINAR CON LOS PUEBLOS DE LA AMAZONÍA (QA 61)

El ocaso del mes de febrero, dio luz a nuestra misión. La travesía fluvial por el río Orteguaza, y un tramo del Caquetá, nos permitió tener una idea más clara de la belleza y el ímpetu de la Amazonía; el aire lleno de pureza que cala hasta el corazón, y la tranquilidad misma de la naturaleza, vislumbran ante nuestros ojos, el inmenso amor que Dios ha manifestado al permitirnos vivir esta experiencia.

Llegamos un viernes al municipio de Solano, donde se ha concentrado toda nuestra actividad pastoral, con una temperatura normal para esta región, de 32°C, que, debido al alto índice de humedad, generaba una sensación térmica de 37°C. Esto no opacó la alegría de ver tanta riqueza natural, que en ocasiones se desconoce, o pasa desapercibida. Esta Colombia profunda, de la que se habla como un territorio mítico, pero que vive situaciones de olvido.

Esta es la primera ocasión en que seminaristas de la Arquidiócesis, somos enviados a experiencia de misión Ad Gentes; pero a nivel general, la Iglesia Particular de Bucaramanga no es “madre primeriza”. Los presbíteros Román Latorre, Jorge Flórez, entre otros, dieron los primeros pasos en este ámbito eclesial; actualmente Jesús Duarte y Edgar Orellán, son los principales referentes de Iglesia en Salida, pues el primero estuvo viviendo una experiencia en Mozambique, con la compañía del Instituto Misiones Consolata, y el segundo aún se encuentra allí, siguiendo ese trabajo pastoral iniciado por su hermano en el ministerio.

“EVANGELIZANDO EN CONTRACORRIENTE”

En los albores del mes de febrero, cuando nos destinaron a este territorio de misión, pensábamos en las distintas comunidades que se visitarían, los recorridos veredales que se podrían plantear y la exigencia física y espiritual que todo esto conllevaría, pero jamás imaginamos algo como lo que vivimos actualmente.

“COVID – 19” y “Pandemia”, han sido las principales expresiones a nivel mundial, y nosotros no somos la excepción, aun cuando nos sentimos bendecidos, estando en unos de los pocos municipios en los que, hasta el momento, no se ha sentido el devastador respiro del Coronavirus.

Evidentemente, la prevención y la necesidad de higiene, hicieron que se reconfiguraran todos los planes propuestos para el presente año de trabajo parroquial. De visitas veredales, pasamos a transmisiones eucarísticas en redes sociales; de encuentros vicariales, pasamos a video-llamadas formativas; de procesiones y demás actividades masivas, pasamos a recolección y entrega de ayudas humanitarias a los más desamparados de nuestra parroquia, recordando ese llamado de acudir a los más necesitados, pues en ellos tenemos la clave para descubrir y sentir el Reino de los Cielos.

Algunas personas acuden al despacho parroquial, que se ha mantenido al servicio de todos, a pesar de las limitaciones de transporte y las recomendaciones brindadas por el gobierno nacional, para prevenir la propagación del tan nombrado virus. De este modo, hemos tenido contacto con algunos miembros de las comunidades autóctonas de la región, con su pensamiento, y, sobre todo, su manera profunda de vivir la fe.

Su conexión y respeto con la naturaleza como creación divina, hacen un llamado especial a reconocer cómo la tierra no es nuestra, sino que somos de la tierra; en ella, Dios nos ha concedido el don de la libertad como el mayor regalo en esta vida temporal con la posibilidad de administrar todo cuanto existe, como medio de santificación.

No todo es dolor y angustia en medio de toda esta situación salubre; pues también se han presentado espacios propicios para la contemplación, la oración y el alimento espiritual, contando con un retiro mensual, que renueva nuestras fuerzas para continuar perseverando en los caminos del Señor.

Recientemente, aprovechando la abundancia de esta tierra amazónica, junto con mi compañero de camino, hemos logrado procesar una pequeña cosecha de cacao, para obtener chocolate. No todo es un trabajo de despacho, pero en todo trabajo, se encuentra una ocasión para contemplar la vida desde la fe.

Se logra comprender la paciencia del Señor, que acompaña silenciosamente y se preocupa por nosotros, así como el momento en que tuvimos que sacar las semillas del cacao y permitir que se secaran al sol (evitando que se mojaran a toda costa, más en este terreno en que la lluvia es prácticamente, pan de cada día).

Luego, con el proceso de tostado y triturado de la semilla, para retirar la cáscara de la misma, se puede contemplar cómo la vida, en manos del Señor, es una continua transformación que a veces cuesta, y busca de nosotros, despojarnos de lo antiguo, para tener una experiencia renovada; un Kerigma que permite ir dichosos a nuestra realidad de vida, a nuestra Jerusalén, tal como sucedió con los discípulos de Emaús al encontrarse con Jesús resucitado (cf. Lc. 24, 13 – 35).

El final del proceso, es nuestra esperanza en la vida eterna, donde degustaremos las delicias que el Padre nos tiene prometidas en Su Palabra, y que ha sido transmitida a través del Hijo, para tener presente que, aunque “el fin último del hombre es la felicidad”, como enuncia Santo Tomás, la encontramos plenamente al vivir nuestra Pascua definitiva.

CONCLUSIONES

Con base en todo esto, ser católico – considero personalmente –, implica reconocer ese inmenso amor que Dios nos tiene, y sentirlo en el otro, con sus características propias y entendiendo la manera en que el otro concibe al mundo.

Presenciamos un tiempo sin precedentes, nos enfrentamos a constantes retos que ponen a prueba nuestra fe, y en estas circunstancias, constatamos que, con la mirada puesta en Cristo, nuestra carga se hace ligera y nuestro yugo se hace más ligero (cf. Mt. 11, 30); eso sí, sin olvidarnos de nuestro hermano, del otro que nos une con el Otro, pues, tal como manifestó Apuleyo: “Uno a uno, todos somos mortales; pero juntos, somos eternos”.

* David Fernando Bohórquez Quintero, Seminarista de la Arquidiócesis de Bucaramanga (Santander, Colombia).

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