Ordenación Presbiteral y Diaconal en Arquidiócesis de Bucaramanga

Por: Delegación de comunicaciones – [email protected]

El pasado Sábado 24 de noviembre se llevó a cabo en la Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia de Bucaramanga, la Santa Eucaristía con el ritual de Ordenación Presbiteral y Diaconal, presidida por nuestro padre y Pastor Monseñor Ismael Rueda Sierra a las 9:00 a.m., concelebrada por el Presbiterio Arquidiocesano e invitados de otras diócesis del país.

Durante la ceremonia un grupo de nueve (9) jóvenes Seminaristas recibieron el Sacramento del Orden conferido mediante la Imposición de Manos y Oración Consecratoria de parte de nuestro arzobispo, siendo ellos: Para el Orden del Presbiterio, Jefferson Ricardo Torres Montilla y Óscar Mauricio Viviéscas Ruiz. Para el Orden del Diaconado, Jelman Bejarano Martín de la Comunidad Ermitaños Eucarísticos del Padre Celestial, EePc (Hno. Ignacio), Fabián Adolfo Duarte Hernández, Diego Armando Lizcano Rodríguez, Fabio Andrés Moreno Gómez, Óscar Andrés Ochoa Vesga, César Augusto Sánchez Alarcón y Ángel Albeiro Torres Amaya.

En la homilía Monseñor Ismael Rueda Sierra expresó “Nos reunimos para celebrar las Ordenaciones Presbiterales y Diaconales de nuestro Seminario Mayor Arquidiocesano de estos hermanos nuestros a quien el Señor elige para su servicio que es el de todo el pueblo de Dios. Al llegar acá el Señor nos invita a reconocer sus planes, que son siempre de misericordia y amor hacia nosotros. La Palabra de Dios que acabamos de proclamar, revela de modo privilegiado su querer y obrar, de modo que la meditación sobre ella nos permite interpretar nuestras experiencias de fe. Hablamos de vocación y por tanto del llamado gratuito por parte de Dios que al ser reconocido por la conciencia creyente de quien la recibe, se convierte en respuesta libre, consiente y agradecida  que se concreta en el cumplimiento de una misión, permanente salida de sí mismo  a realizar gustosos con leal disponibilidad lo que el Señor indique.

(…) nuestra consagración es un regalo de Dios y no un merecimiento de nuestra parte. Sacerdocio significa Don sagrado, por el bautismo de éste sacerdocio todos participamos como pueblo de Dios y por el Sacramento del Orden, configurados a Cristo cabeza de la Iglesia, el amor misericordioso del Padre elige a algunos en el Diaconado, Presbiterado y Episcopado como servidores de Dios y de los hermanos. (…) el Evangelio nos invita a ver en Cristo el modelo y Guía de nuestra vocación de servicio en la Iglesia y más allá de ella, para atraer a las ovejas que están en otro redil, porque quiere que haya un solo rebaño y un solo Pastor; lo más importante es sin duda dar la vida por los hermanos como lo hizo Jesús.

La experiencia y el discernimiento en la vida milenaria de la Iglesia ha llegado a concretar esta misión en tres tareas esenciales: la Dimensión Profética, la dimensión celebrativa de la fe, y la dimensión de guía, solidaridad y caridad en el pueblo de Dios. En efecto, estos hermanos nuestros servirán a Cristo, maestro, Sacerdote y Pastor, para mediante su ministerio edificar la Iglesia querida por Dios como pueblo suyo y templo del Espíritu Santo. Presbíteros y diáconos al ser unidos al sacerdocio del obispo se consagran en primer lugar para anunciar el evangelio, ahora con las exigencias de una nueva evangelización; en segundo lugar, a santificar y a conducir en caridad al pueblo de Dios con amor preferencial por los pobres y las personas de las periferias sociales y existenciales; y en tercer lugar, a celebrar el culto divino en una liturgia clara, transparente, fiel y ocupada a la santificación de los fieles principalmente en el sacrificio eucarístico que necesariamente conduce a la caridad y a la salida misionera.

Éste modo de seguir al Buen Pastor queridos hijos, con el auxilio de Dios evitando la tentación de hacer carrera sacerdotal o de caer en clericalismos que pueden sembrar divisiones en el mismo presbiterio o que impiden la misión propia de los laicos, estos en leal comunión obviamente con la Iglesia como tanto nos lo recuerda el Papa Francisco trabajar por tanto de tal modo que puedan ser siempre reconocidos como verdaderos discípulos misioneros de Jesús, que no vino a ser servido sino a servir; también con el auxilio del Señor que nunca sean motivo de escándalo, ni lamentable dolor y vergüenza para la Iglesia, todo es posible si realizan su ministerio con humildad al estilo de Jesús, con la alegría del evangelio, y confiados siempre en el Dios misericordiosos que como a Jeremías y los profetas, así como a los apóstoles, y a toda la Iglesia prometió su presencia y respaldo incondicional.

 ¡Queridos hijos! Cada generación sacerdotal que no puede estar nunca separada del comprometido servicio a su iglesia particular en este caso debe discernir delante del Señor sobre la adecuada idoneidad en su compromiso de conformidad con la práctica del evangelio habida cuenta de los desafíos de cada época. Los actuales son tiempos particularmente difíciles y de muchos retos tanto para la Iglesia como para el mundo que se agita en medio de tantas transformaciones culturales; caminar por tanto entre las tribulaciones del mundo y las consolaciones de Dios como lo afirmara San Agustín; pero por la misma razón son tiempos privilegiados de purificación y siempre abiertos a la esperanza de una nueva primavera. Exigen por tanto fidelidad a toda prueba, disponible compromiso, inquebrantable y concreto empeño de unidad y comunión, capacidad de escucha para entender las nuevas situaciones de la humanidad y las personas y sobre todo a tenor de las bienaventuranzas, espíritu de santidad, por ser ésta la gran vocación de todo cristiano, de toda persona.

Finalmente, fijándose siempre en Cristo y unidos a Él, ver en la Santísima Virgen María un maravilloso modelo de discípula misionera, disponible, humilde y pobre como actitud permanente de hacer la voluntad del Padre, a su maternal cuidado confiamos siempre su libre consagración.” ¡Amén!

 

 

 

 

 

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