Orígenes de la celebración del Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo

Por: Pastoral Litúrgica Arquidiocesana – PALIA

Ambiente preparatorio bajo medieval

En un ambiente con especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la diócesis de Lieja (Liège, Bélgica) desde antes del siglo XII contó con eclesiásticos que habían manifestado alta estima por el Sacramento eucarístico […] También fue sobresaliente el testimonio de algunas agrupaciones de fieles que, con la asistencia de presbíteros, se dedicaban a comulgar con celo ardiente, a la adoración del Señor en el augusto Sacramento, a la oración y a la caridad. En contraste, un grupo llamado patari o patarini (una derivación de los denominados herejes cátaros) pretendía reducir la comprensión de la celebración de la Misa a una simple conmemoración con la forma de una cena.

Las experiencias de una religiosa mística

A finales del siglo XII (~1192) nació Juliana, hija de Henri y de Frescende, en Retinne (Bélgica), relativamente cerca de Lieja. Ella, quedando huérfana a la edad de cinco años junto con su hermana Inés, recibió los cuidados de las monjas de la Orden de San Agustín en el Convento de MontCornillon, especialmente bajo la tutela espiritual de sor Sapiencia, hasta convertirse en religiosa de aquella orden. La caracterizaba una notable piedad e inteligencia, así como una inclinación por la meditación y la contemplación, esto lo encaminó dedicando fructíferos espacios a la adoración del santísimo Sacramento. Consideraba con frecuencia las palabras de Cristo, en el momento en que sus discípulos recibían el consuelo de su presencia permanente: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20b).

En algunas ocasiones experimentó visiones, la primera de estas recibida en el año 1208 a sus 16 años: el disco lunar resplandecía contrastando con la opacidad de una línea diametral. Asistida por el Señor interpretó que faltaba en la vida celebrativa de la Iglesia «una fiesta litúrgica, para la institución de la cual se pedía a Juliana que se comprometiera de modo eficaz»1 en favorecer la honra y el desagravio a la Eucaristía, el incremento de la fe y la práctica de las virtudes. La religiosa, que llegó a ser superiora del convento mencionado (~1225), no divulgó sus experiencias, de hecho apenas permitió a algunos saber de ello, a Eva (anacoreta y futura beata) y a Isabel, sus conocidas, y al presbítero Juan de Lausana, «canónigo de la Iglesia de san Martín en Lieja, rogándole que interpelara a teólogos y eclesiásticos sobre lo que tanto les interesaba. Las respuestas fueron positivas y alentadoras»2.

La nueva fiesta para una Iglesia particular

Correspondía a Roberto de Thourotte (o de Thorete),  obispo de aquella diócesis (1240-1246), el discernimiento de la procedencia de las visiones de sor Juliana y la eventual aceptación de la fiesta litúrgica diocesana propuesta por ella y sus compañeras. Era necesario que madurara esta obra: «para tener confirmación de que una inspiración proviene de Dios, siempre es necesario sumergirse en la oración, saber esperar con paciencia, buscar la amistad y la confrontación con otras almas buenas y someterlo todo al juicio de los pastores de la Iglesia»3. La solemnidad, llamada del Corpus Christi, fue establecida para aquel territorio eclesiástico en el año 1246 y se ubicó en el calendario proprio el jueves después de la Octava de Pentecostés. También otras diócesis instituyeron tal celebración.

El Milagro Eucarístico de Bolsena

Un presbítero (presuntamente Pedro de Praga) que retornaba de peregrinar a Roma (~1263), encontrándose en Bolsena celebró la Misa en la iglesia de santa Cristina y como albergara dudas en su corazón sobre la presencia real de Cristo en este sacramento, brotaron gotas de sangre de la Hostia que había consagrado, cayendo algunas de estas sobre el corporal que estaba utilizando, sobre el mármol del altar y sus gradas. Dejando la celebración, el clérigo conservó la sagrada Especie en los paños y la guardó en la sacristía.

Luego buscó al papa Urbano IV, que temporalmente se encontraba en Orvieto con su corte, para acusar la debilidad de su propia fe y contar cuanto le había sucedido en Bolsena. El Pontífice encargó al obispo Giacomo Maltraga el verificar lo sucedido e hizo que la Hostia consagrada y los linos fueran trasladados a Orvieto, para ser custodiados por orden suya en la que era la catedral de aquel entonces, Santa María Prisca. La parte superior del mencionado altar fue desmontada y trasladada a mitad del siglo XVI al vestíbulo de la basílica hipogea (subterránea) de santa Cristina Gruta de santa Cristina en Bolsena.

Actualmente la Hostia consagrada, el corporal y el purificador permanecen en la llamada Capilla Nueva del Corporal en la Basílica Catedral de santa María Asunta en Orvieto y cuatro de las cinco lajas que conformaban la parte superior del altar (la restante fue donada en 1574 a la parroquia San Simeone de Porchiano del Monte) se conservan desde 1704 en la Capilla Mueva del Milagro en Bolsena.

La nueva fiesta para la Iglesia universal

Un año después del milagro eucarístico de Bolsena, el papa Urbano IV, que todavía se encontraba en Orvieto –pues la sede papal no gozaba de la estabilidad actual, de hecho este pontífice no fijó su propia sede pontificia en Roma, en cambio estuvo entre Viterbo, Orvieto y Perugia–, establece el Corpus Christi como fiesta universal con la Bula Apostólica Transiturus de hoc mundo (8 de septiembre 1264, 11 de agosto para el Patriarcado de Jerusalén).

Tomado de E. Serrano, «El Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Orígenes y actualidad».

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  1. Benedicto XVI, «Audiencia general (17 de noviembre de 2010)».
  2. Ibíd.
  3. Ibíd.

 

 

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