RENACIDOS DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU

LA VOZ DEL PASTOR

MAYO 2020

Queridos hermanos y hermanas: en el mes pasado reconocíamos que hemos sido encontrados por el amor del Padre que se ha revelado en Jesucristo. En el bautismo, en primer lugar, hemos experimentado el maravilloso valor de este encuentro. En el tiempo pascual que estamos viviendo, hemos podido profundizar en el significado que tiene el bautismo como una forma concreta en la cual Dios nos ha asociado a la muerte y resurrección de su Hijo, es decir a su Pascua, por cuanto por medio de este sacramento, como nos recuerda San Pablo en su carta a los Romanos “todos los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo Jesús, nos sumergirnos en su muerte. … para que así como el resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rm 6,3).

Pero quisiera que avancemos en nuestra reflexión en este mes, tomando como base el signo bautismal propuesto para destacar en las parroquias, que es el agua y la cita escogida para resaltarlo, que corresponde al diálogo de Jesús con Nicodemo: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). El nuevo nacimiento del que habla Jesús, para ser criaturas nuevas, conlleva recibir la vida de Dios que se nos da sacramentalmente en la fecundidad del agua que es signo de vida, pero además, del Espíritu Santo, de quien profesamos en el credo que es “Señor y dador de vida”.

Hay un texto precioso, de un escritor eclesiástico de los primeros siglos llamado Dídimo de Alejandría, vinculado con los Padres de la Iglesia, que cito a propósito de esta reflexión quien describe profundamente esta realidad: “En el bautismo nos renueva el Espíritu Santo como Dios que es, a una con el Padre y el Hijo, … En efecto, los hombres son concebidos dos veces, una corporalmente, la otra por el Espíritu divino…Todos aquellos que creyeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de Dios, esto es, del Espíritu Santo. Para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios; honor con el que no se vieron honrados los ángeles. Y para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo,- (Juan)- añadió con palabras de Cristo: te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. (Cfr. Tratado de Sma. Trinidad, Libro 2,12).

Necesario es que pensemos bajo esta luz, que el tiempo pascual culmina con la gran celebración del Pentecostés, es decir, la venida del Espíritu Santo prometido por el Señor a los Apóstoles y a toda la Iglesia. Tenemos por tanto la oportunidad de unir espiritualmente en nuestra vida y experiencia de maduración en la fe, lo que ha significado la obra del Padre creador, que nos envía a su Hijo Redentor, quien nos rescata por el misterio pascual de su muerte y resurrección y nos envía el Espíritu Santo que nos renueva y a la vez, “renueva la faz de la tierra”: porque hemos sido bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Que seamos renovados en nuestra fe, a partir de esta experiencia dura y difícil del coronavirus y que toda la humanidad afectada, pueda volver los ojos a quien es la fuente de la vida y la salud permanente: Dios.

Con mi fraterno saludo y bendición.

+  Ismael Rueda Sierra

Arzobispo de Bucaramanga

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