SEMANA LAUDATO SÍ: El campesino en los documentos de Medellín, Puebla y Laudato Si

Por: Manuel Cubías – Vatican News, Ciudad del Vaticano

Celebramos el quinto aniversario de la publicación de la Encíclica Laudato Si. Sobre el cuidado de la casa común. La vivencia de la pandemia del Covid-19 ha obligado a la sociedad a volver sus ojos sobre una figura casi olvidada: los campesinos, gracias a quienes, las ciudades continúan con vida.

La figura de la persona del campesino está asociada en muchas culturas a la de una persona con escasos conocimientos académicos y con un estilo de vida donde pareciera que su palabra es innecesaria para el mundo tecnológico que hoy nos atrapa. En América Latina los campesinos constituyen casi la mitad de la población y gracias a su trabajo, se alimentan las grandes ciudades.

En este texto quiero profundizar en dos rasgos presentes en la Encíclica Laudato Si y en los Documentos de Medellín y Puebla, desde los cuales podemos acercarnos a la realidad de los campesinos: primero, las relaciones humanas planteadas en términos de dominación y, segundo, la división social marcada por la marginación y la división entre los individuos.

Ayuda a comprender este acercamiento el texto de la Encíclica Laudato Si:

“Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la be­lleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumi­dor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo”. (Papa Francisco. Encíclica Laudato Si´. No. 11)

Relaciones humanas como dominación y marginación

En América Latina, más de 184 millones de personas viven en situación de pobreza y 62 millones en situación de pobreza extrema. Son datos del Informe anual “Panorama Social de América Latina 2018” elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Esto quiere decir que el 30, 2% de los latinoamericanos/as son pobres, y el 10,2%, pobres extremos. Esto supone que una parte importante de su población no dispone de los recursos necesarios ni siquiera para satisfacer su alimentación.

La II Conferencia de los Obispos Latinoamericanos tuvo lugar en la ciudad de Medellín, Colombia, en 1968, en medio de condiciones históricas muy particulares para la Iglesia. El teólogo Jon Sobrino refiriéndose a este cónclave afirma: “Los obispos actuaron, ante todo, como seres humanos, y dejaron hablar a la realidad que clamaba al cielo. Son los clamores que Dios escuchó en el éxodo, le hicieron salir de sí mismo y entró decididamente en la historia. De igual modo, con Medellín Dios entró en la historia latinoamericana (…) Fue un salto cualitativo. Irrumpieron los pobres, y en ellos irrumpió Dios. Fue un hecho fundante que penetró en la fe de muchos y configuró a la Iglesia”.

La III Conferencia de los Obispos Latinoamericanos tuvo lugar en enero de 1978 en la ciudad de Puebla, México. El tema de la evangelización del continente fue el central. También se reafirmaron tres principios: La opción preferencial por los pobres, por los jóvenes y la acción de la Iglesia para promover la dignidad de la persona humana.

Una realidad que golpea

En este contexto, cuando el documento describe la realidad latinoamericana y cita las palabras del Papa Pablo VI, ésta toca con fuerza: “El Santo Padre describe esta realidad al dirigirse a los campesinos colombianos: “sabemos que el desarrollo económico y social ha sido desigual en el gran continente de América Latina; y que mientras ha favorecido a quienes lo promovieron en un principio, ha descuidado la masa de las poblaciones nativas, casi siempre abandonadas a un innoble nivel de vida y a veces tratadas y explotadas duramente” [Colombia, 23/08/68]” (Medellín, I, 3).

Diez años después, el documento de Puebla en el número 35, recuerda también las palabras de San Juan Pablo II en su alocución en Oaxaca quien describe una realidad que parece inmutable: “Percibimos también, como lo hizo S.S. Juan Pablo II en su acercamiento a campesinos, obreros y estudiantes, el profundo clamor lleno de angustias, esperanzas y aspiraciones, del que nos queremos hacer voz: «la voz de quien no puede hablar o de quien es silenciado» (Juan Pablo II, Alocución Oaxaca 5: AAS 71 p. 208)” (Puebla 24).

Refiriéndose al tema de los derechos de los trabajadores, Puebla insiste: “En muchos lugares la legislación laboral se aplica arbitrariamente o no se tiene en cuenta. Sobre todo, en los países donde existen regímenes de fuerza, se ve con malos ojos la organización de obreros, campesinos y sectores populares y se adoptan medidas represivas para impedirla. Este tipo de control y de limitación de la acción no acontece con las agrupaciones patronales, que pueden ejercer todo su poder para asegurar sus intereses” (Puebla 44).

Laudato Si y los campesinos

Al igual que los documentos emanados de las conferencias de Medellín y de Puebla, la Encíclica Laudato Si, del Papa Francisco, describe la realidad del campesino: «Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, además del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización» (LS 94).

El Papa Francisco subraya la unidad entre la posesión de la tierra que le permite al ser humano su subsistencia mediante el trabajo, pero también insiste en la necesidad de que el Estado y la sociedad provean los medios para que esa propiedad de la tierra se mantenga. De lo contrario, basta con ver los campos latinoamericanos, el campesino se verá forzado a convertirse en jornalero, en asalariado.

Tanto Medellín, Puebla y la Laudato Si hacen una invitación a la conversión, a una conversión que necesita tener como motor la clara conciencia de que la realidad que hemos creado necesita ser transformada: primero, que las relaciones entre los seres humanos están invadidas por el virus de la dominación. Segundo, que, como cristianos, necesitamos mostrar al mundo que Dios sigue caminando con su pueblo, y que parte de la humanidad son los campesinos, quienes necesitan ser reconocidos como personas, con dignidad y derechos para su auténtica promoción. Gracias a ellos y al sudor de su trabajo, seguimos alimentándonos cada día.

Necesidad de una espiritualidad ecológica

Mons. Jorge Herbas de Bolivia relata cómo la Iglesia de su Prelatura está favoreciendo acciones que facilitan la producción ecológica y el cuidado del ambiente. Propone la necesidad de evitar el uso de herbicidas, pesticidas y fertilizantes que afectan no solo la tierra, sino la vida de las personas. Considera necesaria una espiritualidad ecológica que permita vivir en armonía con la creación, así como la importancia de tener políticas públicas que reflejen a nivel de sociedad, la convicción por cuidar la casa común.

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