VIRGEN Y MADRE DE DIOS

Queridos hermanos y hermanas: mayo es un mes especialmente dedicado a honrar a la Santísima Virgen María. Son muchas las maneras como el Pueblo de Dios expresa el amor y cercanía a nuestra Señora. Además de las acciones litúrgicas, hay expresiones como la del rosario que se privilegian. En esta oración se meditan y contemplan diversas escenas bíblicas y de nuestra fe profesada, que nos conducen a comprender mejor los planes de Dios y su realización salvadora en favor de nosotros.

María nos enseña a contemplar con el corazón, como ella lo hacía, las maravillas que Dios ha hecho “de generación en generación” en favor de sus fieles, “acordándose de su misericordia” (Magníficat). Y es una razón más por la que afirmamos como lo hacemos especialmente en este Año Mariano, que María nos conduce a Jesús y al conocimiento en la fe, del misterio de su encarnación, vida, pasión, muerte, resurrección y gloriosa ascensión al cielo. Es decir, María nos conduce a conocer y comprender mejor el misterio de Cristo.

En efecto, en el credo confesamos que Jesucristo fue “concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santamaría Virgen…”. En la escena de la Anunciación a María, podemos contemplar la inauguración de la plenitud de los tiempos, que significa el cumplimiento de la promesa de Dios: “llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer …” (Ga 4,4). María es llamada a concebir en sus entrañas al verbo encarnado, Dios y hombre verdadero, por obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo viene a santificar el seno de la Virgen María haciendo que conciba al Hijo del eterno Padre en humanidad tomada de la suya. Él es el “Cristo”, es decir el ungido por Dios desde el mismo comienzo de su existencia humana y que progresivamente se fue manifestando, tal como lo contemplamos en los relatos, por ejemplo, de su infancia.

En la encarnación hay que considerar dos aspectos inseparables en María: que es Virgen y Madre. Ella, concebida sin pecado, sin intervención de varón concibió por obra del Espíritu Santo, como hemos dicho. Los relatos que aparecen en los evangelios (Mt 1,18-25; Lc 1,26-38) señalan la concepción virginal como obra divina que sobrepasa toda comprensión y posibilidad humanas. El discernimiento de la Iglesia ve en ello el cumplimiento de una promesa hecha al profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7,14).

En los evangelios a María se le llama la “Madre de Jesús” (Jn 2,1) y así se le reconoce desde antes de nacimiento de su hijo; ella es “la Madre de mi Señor” (Lc 1,43) como exclamara Isabel. Por tanto, aquella que ya concibió por obra el espíritu Santo y que es verdaderamente su Hijo según la naturaleza humana, no es nadie distinto que el Hijo del eterno Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por eso la Iglesia reconoce y declara y además confiesa que Maria es verdaderamente Madre de Dios. Además Madre nuestra.

Concluimos pues, como lo hace el catecismo de la Iglesia, para ver ese nexo profundo de María con Jesús, a quien ella nos lleva, que “Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo” (Cfr. # 487). Con mi fraterno saludo y bendición.

+ Ismael Rueda Sierra

   Arzobispo de Bucaramanga

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