Volver al Templo en la Nueva Etapa de la Pandemia

Por: Padre Edgar Orellán Bueno – Misionero Ad Gentes IMC, Mozambique – África

Eso que parecía tan lejano e inalcanzable en algunos momentos ya ha llegado a algunos lugares, y en otros se están organizando los últimos preparativos para que sea una realidad: poder volver a nuestros templos.

Ya el Señor Jesús había dicho que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad (Jn 4, 23), y esta certeza nos ha venido animando durante todo este tiempo. Así, con fe y confianza, hemos hecho de nuestras casas lugares en los que Jesús está presente , pues nos hemos reunido en nombre de Jesús (Mt 18, 20) para alabarle, bendecirle, agradecerle y presentarle nuestras necesidades y sufrimientos.

Siendo esto verdad, la Iglesia reconoce también en los templos materiales lugares especiales de oración y de encuentro con Dios, signo de ese otro templo que somos todos como Iglesia, y de la Jerusalén celestial a la que todos anhelamos llegar: “Porque en esta casa que nos has permitido edificar y en la que no cesas de favorecer a esta familia tuya que peregrina hacia ti, simbolizas el misterio de tu comunión con nosotros y admirablemente lo realizas. Aquí, en efecto, tú mismo te construyes ese templo que somos nosotros y así haces que tu Iglesia, Cuerpo de Cristo, crezca unida, hasta que la lleves a su plenitud en la Jerusalén celestial, verdadera visión de paz.” (Prefacio para el aniversario de la dedicación de una iglesia).

Es verdad que existe un grupo de personas a las que el COVID-19 no representa ninguna amenaza ya que fueron o serán asintomáticos; pensando solo en los intereses de ellos, todas las medidas exigidas para hacer frente a la pandemia serían exageradas y hasta innecesarias. Sin embargo, todos sabemos muy bien, que existe otro grupo de personas para las que este virus puede representar la diferencia entre la vida y la muerte. En este sentido, ellos podrían entrar en el grupo de los “pequeños” de los que Jesús nos habla en el evangelio (Mc 9,37). Frente a ellos tenemos una gran responsabilidad. El amor cristiano pide superar la simple lógica de selección natural en donde sobrevive solo el más fuerte, para entender que esos “pequeños” tienen mucho que aportar en la construcción de una sociedad más humana; descuidarlos y perderlos es, de alguna manera, perdernos a nosotros mismos.

En esta nueva etapa, entendiendo mejor lo que es el COVID-19 y más preparados para enfrentarlo, volveremos a nuestros templos con gran gozo y alegría, pero sabiendo que el ambiente de las celebraciones será un poco diferente, debido a las nuevas adaptaciones. Observar adecuadamente las medidas de prevención y aceptar de manera serena el ambiente de cierta sobriedad en el retorno a las celebraciones, será una penitencia tanto o más agradable al Señor que ir caminando en peregrinación a algún santuario o centro especial de culto.

No podemos olvidar que al volver a los templos estamos reconociendo la importancia de estos espacios materiales del culto, pero sin olvidar la importancia que tiene el templo espiritual que somos como Iglesia; ese templo del que Jesús habló (Jn 2, 19) y por el cual entregó hasta su propia vida, haciendo accesible a nosotros una clase de vida que solo Dios podía dar: la vida divina.

No tendría sentido defender de manera aguerrida el valor del templo material, cuando descuidamos y/o dejamos morir a aquellos que hacen parte del templo espiritual, y que son edificación misma de Dios.

De este modo y dadas las circunstancias, aunque exista ya el permiso de volver a los centros de culto, para algunos será mejor seguir alimentando su vida de fe desde casa; para otros será el momento de volver a participar de la liturgia. No obstante, podría suceder que agradase más al Señor alguien que desde su casa adora a Dios en espíritu y en verdad, que alguien que estando en el templo, no sabe valorar lo que el Señor nos da por medio de la Iglesia. Ya el Señor Jesús nos ha dicho que muchos últimos serán primeros y muchos primeros, últimos. Una vez más reconocemos que solo Dios ve los corazones.

Finalmente, no podemos volver a nuestros templos sin haber reflexionado detenidamente sobre cómo veníamos llevando nuestra vida sacramental y cómo este tiempo de “cuarentena sacramental” nos ayuda a vivir de manera más activa, consciente y fructuosa la gracia emanada del inagotable Misterio de Cristo y que se nos da en la Iglesia.

Con el salmista dirigimos al Señor nuestras voces: «¡Oh, qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa de Yahveh! ¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies en tus puertas, Jerusalén!» (Sal 122).

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